Jason Goodwin – “La era de las máquinas nos ha dejado patas para arriba”

2019-06-28T00:47:47+00:0028/06/2019|

Acerca de Jason Goodwin

Jason Goodwin es escritor y chef. Gran parte de su trabajo se centra en la cultura turca y el Imperio Otomano. Entre sus libros encontramos Los señores del horizonte: Una historia del imperio otomano y la serie de novelas negras sobre el detective otomano Yashim. Su último libro es Yashim Cooks Istanbul: Culinary Adventures in the Ottoman Kitchen.

Sitio web: http://jasongoodwin.info/

1. Hiciste un viaje a pie desde Polonia a Estambul justo después del colapso del comunismo. ¿Qué diferencias encontraste entre países excomunistas y no comunistas?

Curiosamente, todos los países por los que caminamos fueron poscomunistas, aparte de Turquía, donde nuestra llegada a la frontera fue como caer en una máquina de flipper: había luces, colores, ¡tantas cosas que elegir en las tiendas! Pero en muchos de esos países, Polonia, Eslovaquia, Hungría, Rumania y Bulgaria, el tiempo se detenía hasta cierto punto: viajábamos lentamente por una Europa más antigua y agraria, donde la gente vivía de la tierra y también podía vivir bien, si la política lo permitía. No había cambiado mucho desde los años 30: la Segunda Guerra Mundial, luego la mano fría de una dictadura, había conservado su modo de vida y también limitado las presiones para cambiarlo. Luego, por ejemplo, en Polonia y Transilvania vimos que la colectivización había sido muy irregular y que se la había resistido con bastante éxito.

Eso siempre resultaba interesante: tratar de medir la fuerza de la sociedad civil, que existía más allá, o debajo, de los dictados del estado. En Polonia, por ejemplo, la gente siempre mantenía una mentalidad relativamente independiente, con una sociedad civil floreciente, construida en torno a la historia polaca, un sentido de identidad nacional centrada en su idioma y en la iglesia, lo que permitía a la gente mantener cierta libertad. Había un nivel de confianza mutua que les permitía burlarse de las autoridades, hasta cierto punto: no por nada el sindicato polaco Solidaridad se convirtió en la punta de lanza de un movimiento, uniendo a la gente, que finalmente derrocó al comunismo. En otros países la gente tenía menos opciones: Rumania, por ejemplo, estaba muy atomizada y había muy poca confianza entre unos y otros. Hay razones históricas que explican eso, pero sí recuerdo que la gente siempre estaba insegura y creía que todas las demás personas eran informantes o miembros de la Securitate, la policía secreta. El derrocamiento del comunismo en Rumania y Bulgaria fue mucho menos claro, más desordenado.

2. Has escrito sobre la historia del Imperio Otomano. ¿Cuál fue el secreto de su longevidad?

Ningún imperio puede sobrevivir sin el consentimiento. Los otomanos trajeron la paz y una leve prosperidad a las regiones que habían sido afectadas por la inestabilidad. El tapiz balcánico, por ejemplo, fue tejido y mantenido debajo de ellos; una mezcla de idiomas, religiones y razas que se desarrolló durante más de quinientos años y se derrumbó en solo cinco, hace muy poco tiempo. Así que no debemos pensar que nuestros imperios son mucho más inteligentes. El Imperio Otomano proporcionó salidas para la gente con talento, un escenario para la ambición. Y, en general, no interfirió con los derechos y las tradiciones de la gente. Su colapso solo fue inevitable cuando ya no podía proporcionar la paz y la seguridad. Fue genuinamente supranacional, y fracasó en una época de nacionalismo liberal.

3. Eres un gran chef y has publicado un libro de cocina. ¿Cómo nos ayuda la comida a cruzar culturas hoy en día?

¿Podemos cruzar culturas? ¿Y qué significa eso? ¿Tener empatía? ¿Un sentido compartido de nuestra humanidad?

La comida es primordial, como el lenguaje. No es fácil aprender idiomas, así que probablemente la comida sea una buena manera de conocer otras culturas, sus geografías, historias, patrones climáticos, gustos, estructuras sociales… A diferencia del viajar, podemos hacerlo sin dejar grandes huellas, un gran impacto, en el país anfitrión. Todo lo que se necesita es un viaje a las tiendas, pensar un poco y tener hambre.

Compartir una comida es algo primordial y ejemplar en todo el mundo; es encantador, y las tradiciones que han surgido a su alrededor son fascinantes, pero nadie debería reducirlo a pensar que la cultura inglesa, por ejemplo, es nada más que el rosbif con pudín de Yorkshire, o que la India se encuentra en el curry. La sabiduría de Oriente, como la sabiduría de Occidente, reside en la hospitalidad y la generosidad, no en algún ingrediente difícil de encontrar. Y eso, por cierto, es el zen de la buena cocina.

4. Tu padre era John Michell, el conocido y respetado escritor sobre misterios telúricos, y tú vives en un paisaje donde se encuentran muchos sitios prehistóricos sagrados con sus menhires. ¿Crees que en este campo de investigaciones hay respuestas para las preguntas del siglo XXI?

Quienes hayan puesto esas piedras conocían el valor del ritual, la comprensión y quizás también el misterio. Muchos de nosotros, la gente de hoy, tendríamos mucha dificultad para reproducir el conocimiento y la habilidad de esos primeros constructores. ¿Qué sabemos realmente como individuos sobre el movimiento de las estrellas y los planetas, la salida del sol, el poder de la tierra? ¿Y eso importa?

Sospecho que sí. Hemos desarrollado un sistema en el que se lo debemos todo a otros, configurado por procesos que no solo no comprendemos sino que en realidad desconocemos. Todo es especializado y muy complejo. Los ordenadores y la globalización son síntomas de esto.

Esas personas que conocimos en la Europa del este hace treinta años vivían una vida rural tranquila, compartían una forma de pensar y de vivir que no había cambiado demasiado en lo esencial desde los albores de la agricultura en Mesopotamia hace diez mil años. La era de las máquinas nos ha dejado patas para arriba, y tenemos que pensar en eso. Por supuesto, tiene ventajas. John Michell solía decir que estamos viviendo en los últimos días, y que nuestra civilización sobrecargada estaba a punto de colapsar, como todas las civilizaciones de la humanidad han colapsado antes. Pensaba que cuando cayera, inevitablemente redescubriríamos ese sentido del orden y de la armonía que es innato en la creación. También señaló que en los Días Finales se solía encontrar a mucha gente muy interesante, por lo que, aunque era bastante estresante, también podía ser divertido. Dedujo eso estudiando la historia de la Grecia Antigua, Roma, Egipto y, creo, leyendo la Biblia.

Entonces, si los sitios sagrados pueden enseñarnos algo, es el valor del silencio, que tan noblemente han mantenido durante tantos milenios; del respeto, por el medio ambiente, por la imaginación y la industria de nuestros antepasados; y la importancia elemental de una comunión ritualizada.

Nos hacen volver al campo, lo cual es bueno. Me interesa la peregrinación, cuando la gente sale de sus vidas diarias para perseguir una meta a través de un paisaje que también es, inevitablemente, una forma de entrar en algo más grande que ellos mismos. Esa es una paráfrasis de lo que el Papa anterior dijo sobre la peregrinación. Y él lo llamó Dios.