La confluencia cultural: entrevista con el escritor Pico Ayer

2018-12-11T18:06:51+00:0006/10/2018|

La confluencia cultural

A lo largo de su vida Idries Shah promovió contactos y conexiones entre diferentes tradiciones alrededor del mundo, pues creía que ello era un elemento importante en el avance de la cultura humana.

Con este mismo espíritu, la Idries Shah Foundation ha creado “La confluencia cultural”, un foro dentro de nuestro sitio web en el cual se invita a personajes interesantes de todo el mundo a hablar de sus propias experiencias y las lecciones que han aprendido por cruzar diversas fronteras culturales.

Website: http://picoiyerjourneys.com/ Photo credit: Brigitte LacombePico Iyer es el autor de una novela sobre el Sufismo, Abandon; una larga meditación sobre el Dalai Lama, The Open Road; y el best-seller, The Art of Stillness. En 2019 publicará Autumn Light y A Beginner’s Guide to Japan, libros sobre su hogar adoptivo cerca de Kyoto.

Sitio web: http://picoiyerjourneys.com/

Foto de: Brigitte Lacombe

1. Usted es famoso por ser ‘intercultural’, ya que tiene fuertes conexiones con varios países diferentes (La India, Gran Bretaña, EE. UU., Japón) y ha viajado mucho por todo el mundo. ¿Cómo ha forjado esto sus ideas sobre el concepto de pertenecer?

Creo que el hecho de tener vínculos con muchas culturas me ha liberado de las distinciones duras de ellas que existían antes y me ha permitido ver que puedo aprender y aprovechar de cualquier lugar, incluso de aquellos que tienen el sentido más profundo para mí y que me resultan muy familiares, aunque no tenga conexión oficial con ellos.

Nací y crecí en Oxford, Inglaterra, de padres de la India británica que luego se mudaron a California, y como niño de ocho años estaba muy consciente de que yo era algo así como un mestizo, una extraña curiosidad con un rostro indio, una voz inglesa y un permiso de residencia estadounidense. Pero también sentí que era muy afortunado, porque me habían dado tres pares de ojos, tres perspectivas para cada situación, y rápidamente sentí que podía dibujar estas tres herencias en nuevas combinaciones y vivir en los espacios entre los puntos fijos.

En ese momento, como digo, sentí que este era un estado de ser inusual, que tenía suerte; nunca podría haber pensado que llegaría a ser algo normal tan rápidamente, especialmente en nuestras ciudades más grandes. Cuando entro en una clase en Sydney, Vancouver, San Francisco o Manchester, la mayoría de los chicos son mucho más internacionales que yo, y disfrutan de un sentido de pertenecer aún más liberado.

Esto también tiene su lado oscuro: muchos pueden sentir que no son ni de aquí ni de allá, como si no pertenecieran a ninguna parte y que no tengan un lugar único donde todos sus seres puedan unirse. Pero al menos, para los afortunados (es decir, no para los que son expulsados ​​de sus hogares, como casi 70 millones de refugiados alrededor del mundo), tenemos la oportunidad de elegir y moldear nuestro propio sentido de comunidad, de tribu y de barrio, en formas que nuestros abuelos ni podían imaginar.

Por lo tanto, muy pronto sentí que podía definirme más por mis pasiones que por mis pasaportes; más que un trozo de tierra, se podría decir que mi ‘hogar’ era un trozo de alma, una cuestión de los valores e intereses que llevo conmigo dondequiera que esté; y que la vieja pregunta, ‘¿De dónde vienes?’ era mucho menos relevante que la nueva, ‘¿A dónde vas?’

Y me di cuenta de que formaba parte de una nueva comunidad en movimiento con la que tenía mucho más en común que con cualquier persona exclusivamente inglesa, india o estadounidense.

Todos somos muy conscientes de cómo nuestras comidas, nuestras calles, nuestra música, nuestras conversaciones se han hecho mucho más ricas gracias a todas estas mezclas. Nunca podría haber imaginado, como niño, que el hombre más poderoso del planeta, oficialmente, durante ocho años, sería medio keniano criado en Indonesia con una hermana budista y un cuñado chino-canadiense.

Y, por supuesto, esta sensación de fluidez interna proporciona una mayor sensación de movilidad en el plano físico. Al crecer, pronto descubrí que Bolivia, Birmania y Cuba no me eran más extranjeros que Inglaterra, India o Estados Unidos, países donde yo pertenecía en parte, pero que nunca me contendrían del todo.

Así que me emociona que más y más de nosotros podamos ser universalistas de algún tipo en el nuevo milenio, capaces de afiliarnos a algo más grande que nuestra casta, nuestra religión o nuestro vecindario físico.

2. Una relación entre los mundos ‘externo’ e ‘interno’ es un tema clave en su trabajo. ¿Cómo se relaciona esto con sus ideas sobre la identidad cultural?

Todos tenemos personalidades privadas y públicas. En Japón hay incluso diferentes palabras para captar estas identidades tan distintivas, y siempre he pensado que es esencial explorar ambas, aunque solo sea para mantenernos honestos. Nuestras dos obligaciones centrales en la vida, tal y como las veo, son: entender el mundo (para saber con qué realidad estamos trabajando); y comprender al yo (para poder adaptarnos mejor a las necesidades de quienes nos rodean).

De modo que mis primeros cinco libros se centraban en el mundo exterior, describían el nuevo orden mundial que se estaba formando tan rápidamente a nuestro alrededor. Viajaba a todas partes, desde Corea del Norte a Paraguay y de Bhután a Etiopía, de modo que estuviera impregnado de un sentido concreto y detallado sobre hacia donde iba el mundo. Y después de hacer eso durante mis primeros doce años como escritor, dediqué mis próximos doce años y cinco libros a tratar de dibujar un mapa del paisaje interior, esos lugares en la memoria, la imaginación y la emoción donde tratamos de escondernos de la verdad, pero también donde tenemos el potencial de crear un nuevo destino.

Así que dediqué esos trabajos a largas conversaciones con el Decimocuarto Dalai Lama y Leonard Cohen y otros monjes que observan de manera rigurosa y penetrante las posibilidades y la realidad, y traté de descubrir cómo vivir con claridad y propósito en el mundo. Y en esa misma fase pasé muchos años explorando la tradición Sufi en la que todos los poemas sobre la embriaguez y el amor, aunque funcionan a la perfección en un contexto externo, hablan fundamentalmente de nuestros estados internos, y de lo que sucede cuando nos entregamos a algo más profundo que nuestro pequeño yo.

Siento que cuando uno viaja, lo que busca son los estados mentales y los rincones de su ser y las emociones e intimidades que rara vez encuentra cuando está atrapado en los hábitos y preocupaciones de la vida cotidiana. Fundamentalmente, no viajamos en busca de movimiento sino con la esperanza de ser conmovidos. Por lo tanto, el viaje exterior y el viaje interior son casi siempre lo mismo, y los mejores relatos de los viajes físicos -y aquí estoy pensando en la obra clásica de Peter Matthiessen, El leopardo de las nieves- hablan en el fondo de los viajes metafísicos y los viajes al dolor, la pérdida y hacia la esperanza.

‘Salir es entrar’, como dijo el gran naturalista John Muir, y en mis libros más recientes, incluidos los dos que publicaré el año que viene en Japón, trato de hacer justicia a los dos a la vez. Por lo tanto, escribo deliberadamente un libro muy arraigado y interno sobre la vida en un vecindario japonés cuyos retos -los de envejecer, la pérdida y la enfermedad- son los mismos que se pueden encontrar en cualquier lugar; pero al mismo tiempo escribo otro libro para acompañarlo que es una mirada analítica de Japón como extranjero, de cómo se ve desde el margen.

Siento que concentrarme sólo en el mundo exterior sería renunciar a lo más profundo y esencial para nosotros; pero enfocándome sólo en lo interno puedo perder el contacto con los demás y las exigencias de mi comunidad y de mis responsabilidades.

Así que quiero hacer ambas cosas al mismo tiempo, como todos hacemos, creo.

3. Usted escribe libros de viaje y también pone énfasis en la necesidad de la quietud. ¿Están las dos más relacionadas de lo que podrían parecen en un principio?

Ciertamente que lo están, así como respirar y exhalar son parte del mismo proceso. No creo que puedas tener el uno sin el otro.

Mi ritmo -y estoy seguro de que muchas personas entenderán esto, especialmente si escriben- es que durante cuarenta y cuatro años, desde que era un adolescente, he salido al mundo para absorber la mayor cantidad posible de experiencias y desafíos y emociones y percepciones diferentes, como he dicho antes; y luego me retiro a la tranquilidad monástica de mi escritorio para pasar muchos meses dándole sentido a todo y poniéndolo en una especie de perspectiva.

A veces pienso que viajar para mí ha sido como ir a un mercado en las calles para recolectar los ingredientes para la cena; la quietud es la forma en que tomo todos esos vegetales diferentes y los convierto en una comida. La quietud es la forma en que colecciono las vistas que he reunido en la carretera y trato de convertirlas en ideas, cómo tomo una mezcla de experiencias y trato de darles sentido. Sin viajar, no tendría nada con que trabajar aparte de mis propios círculos egocéntricos; sin la quietud, nunca tendría la oportunidad de dar sentido a lo que he visto, de procesar la experiencia y de ver el panorama general, las prioridades que se pierden con demasiada frecuencia en los detalles.

Así que, de hecho, creo que necesitamos que ambos lados de la experiencia sean equilibrados y que podamos escuchar las visiones del mundo de otras personas mientras intentamos desarrollar las nuestras. Y siempre he combinado períodos de movimiento a menudo muy intensos (no es tan raro para mí, como para muchos empresarios, estar en tres continentes en la misma semana) con períodos largos y largos o en mi escritorio o, literalmente, en el monasterio californiano donde llevo 27 años pasando temporadas de vez en cuando.

En la última instancia, creo que es muy difícil ser conmovido a menos que uno se quede quieto; mientras estemos corriendo, solo podemos recopilar impresiones, pero no podemos transformarnos. La quietud es el estado sin el cual no podemos conocer la cordura o el equilibrio. Pero me alegro de que nuestra generación, al menos para los afortunados, tenga la oportunidad de ver el resto del mundo como ninguna generación que nos ha precedido; y cuando voy a Irán o Namibia o Tíbet, no solo me dan material que enriquece y profundiza mi quietud, sino que también me recuerda a cada segundo lo mucho que no sé y lo mucho que nunca sabré.

En el fondo, tal vez tanto el viaje como la quietud son formas de rendirse a algo más sabio que nosotros mismos que a la vez debe encontrarse dentro de nosotros mismos.

4. ¿Podría darnos ejemplos personales de fertilización cruzada entre las diversas tradiciones culturales a las que está conectado?

El que viene a la mente nace del hecho de que el poeta más vendido en Estados Unidos, desde hace más de veinte años, es el Sufi del siglo XIII Rumi, nacido en lo que hoy es Afganistán, del mismo modo que en los países islámicos donde viajo en Oriente Medio -desde el Líbano y Siria hasta Omán e Irán- parecen fascinados por muchos de los productos de Occidente. Entonces, al mismo tiempo que los gobiernos de Washington y Teherán, por ejemplo, se encuentran casi siempre en desacuerdo, la gente y las culturas de esos países están superando todos los límites para tocar, abrazar y aprender los unos de los otros.

Así que he llegado a sentir que las personas son mucho más sabias que nuestros gobiernos o corporaciones, o mucho más capaces, al menos, de ver más allá de las divisiones binarias de algunos de los valores, instintos, miedos y anhelos que todos compartimos. Como seres solitarios, estamos menos definidos por el sentido de ‘o esto o aquello’, y más atentos a las formas en que nada de lo que valoramos se puede encajar en una definición.

Con eso en mente, una vez publiqué una novela de 350 páginas titulada Abandon sobre las formas en que Occidente buscaba la sabiduría particular que la tradición Sufi tenía que ofrecer, al mismo tiempo que las partes del mundo tradicionalmente Súficas tenían razones para dirigirse hacia el Oeste. Durante cuatro años, viajé de ida y vuelta, como ocurre en mi novela, entre California (donde Rumi está en todas partes y gran parte de Los Ángeles se parece a Teherán) y Siria, Jordania, Yemen, Omán y otros lugares.

Mi anhelo, que surgió de mi experiencia, fue recordar a cualquier lector que lo que compartimos es más fundamental para nosotros que los nombres y las categorías que nos dividen. Cada vez que estoy en la casa de mi madre en Santa Bárbara y pienso en el Medio Oriente, pienso en todas las formas en que se diferencia del mundo que conozco. Tan pronto como llego a Damasco, o a Isfahan o a Sana’a, oigo como el taxista se queja de la economía, expresa sus preocupaciones por sus hijos, y se distingue de su gobierno tal y como lo hacen la mayoría de mis amigos en casa.

Me encanta el hecho de que los estadounidenses estén dispuestos a aprender de Hafiz o Attar y que las personas que conozco en Shiraz están devorando la biografía de Steve Jobs de Walter Isaacson y saben todo sobre el culebrón The Real Housewives of Beverly Hills. Como alguien que es muy consciente de que nunca podré definirme como indio o inglés o americano o japonés -sólo como un collage cambiante formado por todas esas tradiciones y cien más- me encanta el hecho de que nuestras ciudades y países son cada vez más mestizos, y que la persona promedio que conoces en Londres hoy en día es lo que antes solía llamarse un ‘extranjero’, una persona nacida en otro país.

El mundo se está moviendo tan rápidamente en esta dirección (pronto habrá 450 millones de personas con ‘hogares múltiples’, equivalente a la tercera nación más grande en la tierra) que hablar de ‘Oriente y Occidente’, de ‘aquí y allá’ y de ‘entonces y ahora’ pierde su sentido. Inevitablemente, habrá algunos que se vean amenazados por esto, y hemos sido testigos de un aumento de tribalismo brutal y de fundamentalismos en los últimos años, en todo el planeta.

Pero a nivel individual, nuestro planeta se está moviendo, un ser a la vez, hacia un mundo donde los límites son menos claros de lo que solían ser. Cada vez que una mujer californiana se casa con un hombre de ascendencia iraní -y esto sucede todos los días, cada vez más- la niña que surge de su unión no puede ser ubicada en una sola categoría, y probablemente los abuelos de ambas tradiciones tendrán una nueva simpatía con un mundo que antes les parecía extraño, del ‘Otro’.

Lo mejor de cruzar culturas es que hace que sea más difícil juzgar a una sola cultura, o, de hecho, distinguirla de aquellas de las que uno se enorgullece.