Recordando a Robert E. Ornstein

2019-01-21T19:03:22+00:0021/01/2019|

Por Tahir Shah

Robert Ornstein (Nueva York, 1942) fue psicólogo, escritor y colaborador de Idries Shah. Murió el 20 de diciembre, 2018.

http://robertornstein.com

Si haces una búsqueda en Internet sobre Robert Ornstein, verás de inmediato que fue un eminente psicólogo, investigador pionero acerca de los dos hemisferios del cerebro. También descubrirás que fue autor y coautor de docenas de libros con una amplia gama de intelectuales, y que fundó y dirigió el instituto ISHK (Institute for the Study of Human Knowledge) con sede en California.

Cuando investigas sobre la vida de una persona basándote en lo que se dice sobre él o ella en varias páginas web – como lo hacemos en general – usando Wikipedia y otras fuentes similares, al final acabas con una idea básica de quién era y qué hizo. Y, si al principio no sabías mucho acerca de la persona, sin embargo acabas creyendo que tienes una comprensión clara de qué les motivaba.

En el caso de Bob Ornstein, verías que nació en Brooklyn en 1942, que desde su adolescencia fue una estrella fugaz en los campos de las matemáticas y luego en la psicología. Después de mudarse a California en los años sesenta, obtuvo un doctorado en la Universidad de Stanford (su tesis se publicó bajo el título Sobre la experiencia del tiempo). También aprenderías algo acerca de su investigación adicional sobre la conciencia y de sus muchas colaboraciones. Con suerte, tendrías la sensación de que tenía una energía excepcional.

Sin embargo, no es posible entender su vida si solamente le prestamos atención a sus hitos: los cuales, puestos en fila, bien podrían conformar un camino de piedras planas; pero sí es posible cuando reflexionamos acerca del cemento que hay entre una piedra y la otra. Los hitos de Bob Ornstein fueron muchos, variados y extraordinarios. Pero, para mí, el interés real viene en observar las cosas que normalmente se omiten de su historia.

No sé cómo llegó a ser la persona que era, pero Bob era un hombre de intereses y conocimientos vastos y polimáticos. Solo puedo pensar que nació así. Mientras que sus compañeros buscaban vidas convencionales, Bob estaba programado de otra manera. No estaba contento con hacer lo que todos los demás estaban haciendo, o pensar como ellos. Puede que no parezca sorprendente hoy en día, pero medio siglo atrás la vida era mucho más segura para un joven académico si mantenía la cabeza bien debajo del parapeto y seguía el ejemplo de los demás.

Aprovechando de la tecnología emergente, Bob se colocó a la vanguardia de las nuevas investigaciones sobre el funcionamiento del cerebro. En retrospectiva, era un campo de estudios obvio para él, una arena que proporcionaba financiamiento y el potencial de conseguir la gloria. Qué momento tan extraordinario debe haber sido, con avances en nuestra comprensión del cerebro y en la conciencia misma que sucedían mes a mes.

En el verano de 1974, cuando aún solo tenía 32 años, la revista TIME escribió un artículo entero sobre él, contando cómo, en la convención de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia en San Francisco, atrajo a una audiencia de 750 personas. El artículo de TIME declaró: ‘No solo los científicos sino también los estudiantes de filosofía y los practicantes de yoga van a escucharlo debido a su esfuerzo emprendedor para reunir la ciencia y el espíritu, la razón y la intuición.’

Para Bob Ornstein, la investigación no era todo, sino solo una parte de lo que hacía. Mientras sus compañeros se dedicaban a los estudios de investigación durante toda la vida, mientras buscaban menudencias en detalles minuciosos, Bob trabajaba sobre un lienzo más amplio y comenzó a hacer preguntas sobre, por ejemplo, la condición humana en sí.

En una era pre Internet (cuya infraestructura, por cierto, se estaba construyendo a un tiro de piedra de su casa en Los Altos), Bob se sumergió en el material de todas las áreas de estudio que te puedas imaginar. En lugar de reducir el campo de sus pensamientos, permitió que se ampliara exponencialmente, absorbiendo influencias que cualquier otra persona hubiera considerado callejones sin salida.

Mi padre, el escritor y pensador Idries Shah, fue sin duda una de esas influencias. Como yo lo entiendo, Bob Ornstein leyó su libro Los Sufis cuando salió en 1964. Aún con veintipico de años, comprendió de inmediato lo que mi padre estaba diciendo sobre la humanidad y el pensamiento. Mientras sus compañeros miraban hacia adentro, Bob miró hacia afuera, buscando un nuevo pensamiento, abrazando una visión antigua que ha dado forma e inspirado a la sociedad humana durante milenios.

A principios de los años setenta, Silicon Valley todavía no existía del todo, pero todas las piezas principales y los jugadores habían llegado ahí. Hace poco, Bob me comentó casualmente que se reuniría de manera informal con un pequeño grupo de amigos para hablar sobre cómo y por qué las personas pensaban como lo hacían. Entre ellos, me dijo, estaba Steve Jobs, conocido por supuesto por su interés en el misticismo oriental. Hacían intercambios de libros, me comentó, y le daba a Jobs ejemplares de los libros de mi padre.

Casi al mismo tiempo, Bob organizó varias giras de conferencias y simposios para mi padre en los Estados Unidos. Recorrieron el país juntos, y durante los discursos Bob intentaba explicar por qué las cosas eran como eran. Al mismo tiempo, mi padre daba la vuelta a lo que él veía, mirándolo a través de un prisma oriental.

Una vez, cuando estaban sentados juntos en el vestíbulo de un elegante hotel de Nueva York, Bob me dijo que de repente a mi padre le dio un ataque de risa tan desenfrenado, que temió que pudiera caer muerto allí mismo.

La risa sin duda fue provocada por la propia mezcla infecciosa de humor de Bob, que no se parecía a nada que yo haya experimentado. Fue como una fusión del humor de Monty Python con el de Woody Allen. Bob haría reír al público un minuto y, al minuto siguiente, extraería lecciones sutiles de la broma.

Al igual que mi padre, encontraba su gran placer en el humor del personaje folklórico medieval, conocido en nuestra familia por su denominación afgana: Nasrudín. Los libros publicados por mi padre tienen centenares de cuentos sobre el necio sabio. A través de su experiencia como psicólogo investigador, Bob Ornstein fue más allá del hecho de simplemente contar historias y descifrarlas. Estudió su efecto real sobre la fisiología del cerebro.

Además de la investigación práctica era un voraz lector. Nunca me he encontrado con nadie que haya devorado tantos libros, artículos académicos y revistas. Al hablar con él sobre cualquier tema, Bob estaba al corriente de todas las recientes investigaciones en ese campo. En los últimos años, me enviaba por correo electrónico enlaces a todo tipo de cosas que creía interesantes y que yo siempre leía.

En muchos casos, por lo general, yo no entendía lo acertado que estaba con una tecnología o idea emergente hasta días o incluso meses después. Pero siempre acertaba. Esto es un ejemplo de su habilidad: la habilidad de identificar y sacar ciertas notas del ruido general, para luego aislarlas y enviarlas de vuelta al mundo.

De manera similar, como ya he comentado, Bob se vinculó con tipo de personas, colaborando en libros innovadores. Lo que siempre me sorprendió fue que no consideraba a los famosos que eran sus amigos íntimos como celebridades, sino simplemente como las personas adecuadas para intercambiar ideas y con quien empujar los límites del pensamiento.

Al quedarme varias veces en casa de Bob y su esposa Sally, en aquel hogar mágico y entretenido, me encontré conversando con todo tipo de personas. Personas como el antropólogo Edward T. Hall, el ecologista Paul Ehrlich y el historiador de la ciencia James Burke.

Mirando hacia atrás, como estoy haciendo ahora pensando en esas amistades suyas, hay una que quizás sea menos apreciada pero que sin duda fue la más profunda: la colaboración de Bob Ornstein con su esposa nacida en Inglaterra, Sally Mallam, que ha sido una amiga cercana de mi familia desde antes que yo naciera.

Juntos, Sally y Bob establecieron la editorial Hoopoe Books y publicaron una serie de historias ilustradas escritas por mi padre para niños en Afganistán y otros lugares, cuentos que fueron escritos para mis hermanas y para mí cuando éramos niños. Más de veinte años después de la muerte de mi padre, los libros de Hoopoe han sido distribuidos de manera gratuita a literalmente millones de niños, inspirando en ellos la imaginación… tanto como lo hicieron en nosotros.

Cuando pienso en Bob y, de hecho, en Sally, me conmueven tantos recuerdos maravillosos, muchos de ellos cómicos. Pero hay un recuerdo que se destaca por sobre todo el resto.

En el verano de 1984, tenía 17 años y nunca había viajado solo. Mi padre tuvo la gran idea de enviarme a los Estados Unidos para aprender a volar aviones. Más tarde me di cuenta, horrorizado, de que en una de esas escuelas de vuelo los terroristas del 11-S habían hecho su entrenamiento básico.

Al pasar el curso, viajé a California para quedarme con Bob y Sally. Viví a ensalada de papa y vi películas antiguas en video. No tenía ni idea de nada, algo que Bob Ornstein debe haber visto de inmediato. Una noche, durante la cena, contó una serie de chistes divertidos. Luego, cuando me recuperé de la risa, extendió la mano y me tocó la muñeca.

Levanté la vista ansiosamente.

‘Tienes un acto difícil de seguir,’ dijo. ‘Sigue mi consejo: busca tu propio camino.’

Gracias, Bob. Te echaremos mucho de menos.